Homicidios en América Latina: pocas certezas y múltiples incertidumbres
En un reciente estudio de Naciones Unidas sobre el homicidio en el mundo, las Américas aparecen como la segunda región más violenta del planeta, después de África. La zona incluye a Estados Unidos y Canadá, que tienen tasas de homicidio relativamente bajas, lo que quiere decir que la mayor parte del problema se concentra en América Latina. Es por todos sabido que los conflictos de violencia son especialmente graves en la región, pero la carencia de datos transparentes y al día alejan las posibilidades de un análisis comparado, y de entender los elementos que se encuentran detrás de cada uno de estos hechos de extrema violencia.
El estudio de la ONU abre la puerta para un mejor entendimiento de esta problemática. En primer lugar, casi medio millón de personas fue asesinado en el año 2010 en todo el orbe. El 31% de estas muertes se produjo en las Américas, es decir 144,000 homicidios que colocan a nuestro continente sólo detrás de África (36%). Pero son las tasas las que muestran la cara más dura de esta realidad: el promedio mundial de 6.9 crímenes por cada 100,000 habitantes es casi tres veces menor que la tasa de África (17) y la de las Américas (16).
Si sólo se consideran Centroamérica (donde el informe incluye a México), Sudamérica y el Caribe, la tasa regional es superior a 20 asesinatos por cada 100,000 habitantes. Teniendo en cuenta que en la región los procesos de enfrentamiento armado, rebeliones u otros hechos violentos sociales y políticos están muy limitados, se podría decir que, comparada con países de desarrollo humano similar, América Latina está bañada de sangre.
El estudio pone especial énfasis en la disponibilidad de armas como disparador de los homicidios en el globo. De hecho, 42% del total de muertes se produjeron por esa vía. Lamentablemente en las Américas los números son aún más críticos, con 74% de los casos con involucramiento de armas de fuego.
Queda claro que la presencia de mercados formales o ilegales de armas deben ser los principales blancos de las políticas de prevención y control del delito violento en nuestros países.
El motivo de los homicidios es una incógnita. La mala calidad de la información y la presencia de diversas fuentes no permiten identificar con claridad este elemento. Se estima, sin embargo, que 25% del total de asesinatos en las Américas estaría vinculado con el crimen organizado. Es decir alrededor de 32,000 homicidios por año, lo que parece subestimado cuando la Presidencia de México entrega un dato de más de 13,000 ejecutados en el año 2010 sin considerar los 1,800 muertos en otros enfrentamientos. Igualmente las cifras son trágicas, pero es posible que no sean totalmente correctas.
La realidad de los sistemas de información en la región es precaria. Así lo demuestra el estudio mencionado, en el que las tasas de homicidio presentadas por los servicios de salud y las instituciones de justicia criminal difieren en algunos casos de forma asombrosa. ¿Qué pasa que nuestros países no pueden llevar los datos de crímenes de forma fiable? Ésta es una demostración más de las profundas debilidades estatales, que terminan generando políticas a ciegas que sólo impactan de manera tangencial sobre el problema.
Mirados en términos subregionales, está claro que los conflictos de homicidio se han concentrado en Centroamérica, con tasas que son ya de urgencia como Honduras (82), El Salvador (66), Guatemala (41). Recordemos que el promedio mundial es de 6.9, es decir, estamos hablando de verdaderas situaciones de conflictividad cotidiana que sin albergan raíces sociales, culturales y políticas con efectos insospechados para toda la región.
México, mencionado en los medios de comunicación internacional como el centro del problema de la violencia, aparece en el estudio con una tasa de 18 homicidios por cada 100,000 habitantes. Menor que Panamá (21), Brasil (22) y Colombia (33), por sólo nombrar algunos países. Es ahí donde el documento deja abierta la pregunta de los niveles de concentración territorial y donde se hace evidente que hablar en promedios ayuda a esconder realidades de alta complejidad.
No podemos seguir hablando de los muertos como hace unos años se hablaba de la inflación. Dejar atrás los números aproximados, el uso ligero de las cifras y la poca rigurosidad de los datos deberían ser una de las tareas principales de los gobiernos y la cooperación internacional. Conformar una sociedad democrática requiere disminuir el uso de la violencia para resolver antagonismos cotidianos, limitar el desarrollo de acciones delictivas y dejar clara la responsabilidad del Estados frente a los problemas que nos aquejan.
Por consiguiente sólo podemos afirmar, tristemente, que estamos entre los más violentos del mundo. La urgencia, es avanzar con información clara que respalde políticas serias y efectivas. De otra forma, la epidemia seguirá aumentando con secuelas insospechadas para todos.
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